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LAS ESQUELAS MORTUORIAS

Esto es una discusión · 10 respuestas
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Gurriato:
Hay cosas que un guiri no sabe hacer en la lengua castellana, por ejemplo: usar cabalmente el tiempo subjuntivo y redactar esquelas mortuorias. La redacción de esquelas es un arte puramente español, y quien de verdad esté interesado en nuestra cultura debe aprender las reglas básicas.

Las esquelas que se publican en lso periodicos españoles son una fuente inagotable de información celtibérica. La negrura de las páginas necrológicas con sus cruces, con sus R.I.P. en grandes caracters y su recuadro fúnebre a veces de la anchura de un dedo, pone una nota terrorífica en la diaria lectura matutina, pero en España, y entre determinadas clases sociales, la muerte no parece quedar completa si no aparece al dia siguiente del óbito la consabida esquela, redactada en general con fórmulas manidas aunque con pintorescas variantes.

La importancia social del finado ( a.k.a. 'el fiambre') se expresa a menudo en el número y tamaño de las esquelas, algunas de las cuales llegan aocupar toda la página, convirtiéndose en verdaderos carteles de un 'pop' fúnebre a la española.
Amí personalmente las esquelas que mas me gustan son las del ABC, que son las más clásicas y entretenidas. De las muchas esquelas que han pasado por mis manos he entresacado de ellas algunas de las frases más significativas para perfilar las reglas de redacción de una buena esquela.

Namber guán: si el individuo que las espicha es de campanillas su nombre ha de ir precedido de Excelentisimo Señor en caso de ser varón o de Ilustrsima Señora en caso de ser hembra. Luego ha de seguir la lista de sus méritos donde, por razones que ignoro, siempre aparece "encomienda de número de Alfonso X el Sabio", y "comendador de la Orden de Alfonso XII". Este título es casi impepineibol, parece ser que hay una cantidad enorme de comendadores de esa orden que estiran la pata. Yo no me haría comendador de Alfonso XII (doce para los burros) por nada del mundo, for if the flies, dado que estoy muy agustito en este valle de lágrimas y no tengo ninguna prisa en irme pa'l otro barrio.
Namber tu: La noticia del fallecimiento se anuncia de muy diversos modos: -Falleció cristianamente en Madrid...
-Falleció bajo el manto de la Virgen del Pilar...
-Durmió en la paz del Señor...
- El Señor ha llamado a la casa del Padre a...
-Espera el dia de la resurrección...
Lo mismo que dije acerca de la Orden de Alfonso XII lo digo del manto de la Virgen del Pilar. Si alguna vez me pongo malo, que no me acerquen tal manto a menos de diez metros de la cama o me lio a tiros.

Namber zri: Si arruga el hocico un individuo de la clase media la esquela debe comenzar por; "Rogad a Dios en caridad por el alma del señor Tal y Cual. Luego viene la profesión, que se expresa genéricamente ("Del comercio").
Namber for: los que asisten al entierro simpre son "los desconsolados deudos y amigos"
Namber faif: En España todo el mundo se muere "después de recibir los Santos Sacramentos y la bendición de Su Santidad" (por eso yo nunca comulgo)

Namber six: Siempre se encarece la asistencia al sepelio y las misas que se celebran por el eterno descanso del difunto.
Agradecería que el resto de la tertulia contribuyera alguna que otra regla de redacción de esquelas. Luego podríamos publicar una página güeb sobre el asunto para que los desconsolados deudos la consulten y no se queden sin saber que decir en una situación tan exigente.
Cachondos abstenerse.
FRAY GERUNDIO DE CAMPAZAS
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Hector F. Garcia:
Tu descripción de las esquelas me recordó mi niñez en Guadalajara México. De vez en cuando se recibían en casa uno que otro sobre blanco con los filos negros. Las esquelas casi siempre empezaban con las palabras: "Debidamente confortado en el seno de la santa madre iglesia etc.etc." Después del funeral mi madre siempre las destruía porque no son cosa que inspire mucha alegría al verlas. En el norte de México la esquela es una formalidad menos acostumbrada, alguien toma el teléfono y avisa del fallecimiento sin mayor preámbulo.

Al velorio siempre llega uno que otro invitado con un botellón de coñac escondido en un portafolios para mezclarlo a escondidas con el obligado café, que la familia del finado reparte a diestra y siniestra toda la noche, para que nadie se quede dormido. Por la mañana todo mundo sale caminando a la casa en ruta zigzagueante y la pupila perdida en el infinito. A partir de esto hay un dicho ranchero muy usado en Sonora: " ¡A carambas! ¡Este vale traga mas café y vino que un inspector de velorios"

Un saludo
Héctor F. García
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Gurriato:
[nq:1]En el norte de México la esquela es una formalidad menos acostumbrada, alguien toma el teléfono y avisa del fallecimiento ... ranchero muy usado en Sonora: " ¡A carambas! ¡Este vale traga mas café y vino que un inspector de velorios"[/nq]
Creo que los mejicanos habeis heredado esa familiaridad con la muerte de los españoles. Siempre me ha encantado loss festejos cn aire de gira campestre que se organizan en Méjico el dia de los Difuntos en los cementerios. Todo los niños con su calaverita de dulce, tan felices... Los hispanos somos los únicos que saben mirar a la Pelona cara a cara, sin pestañear, y por eso también somos los únicos que sabemos entender la fiesta de los toros. Y las merluzas de aguardiente en los velorios....

Lo que llamamos humor "humor negro" es una manisfestación tipicamente española, y por eso compartimos ese rasgo con los mejicanos, el pueblo americano más español, digan lo que digan los indigenistas ( el indigenismo y el tribalismo de taifas también son rasgos hispanos, como puede observarse entre los vascones, que son los españoles elevados al cuadrado).

No quiero decoir con todo esto que los españoles y mejicanos tengamos la exclusiva del humor negro, pues está presente en la tradición literaria y en la cultura popular de todas las naciones. Sin embargo , un estudio de los "chistes negros" demostraría probablemente que este tipo de humor está entre nosotros considerablemente más vivo que en ningún otro pais. Solamente en un país como España se puede denominar 'fiambre' a un cadáver.

Los españoles conservamos mucha más que los otros europeos - y no sin motivo- la imagen de las penalidades tradicionales de la vida. Es difícil explicar por qué nos hacen reír a nosotros los chistes negros que serían considerados como signos de mal gusto, o incluso de crueldad mental, en cualquier reunión convencional en Europa. Creo que en Méjico ocurre igual, recuerdo haber leido una novela sobre la revolución mejicana en la que la tropa, por pura diversión, se colocaba, hombro con hombro alrededor de una mesa. Entonces apagaban las luces y arrojaban un revólver amartillado sobre la mesa que se diaparaba al golpear la tabla, pegándole un tiro en la barriga a unos de los participantes en el jueguecito.

Todos los genios del arte y la literatura española y mejicana han jugueteado con la muerte. Desde los cuadros de Rivera y Valdés Leal, las pinturas negras de Goya, las capeas de pueblo de Solana, los esperpentos de Valle Inclán, hasta las películas de Buñuel, la Pelona es siempre la protagonista.
Lo que nos provoca la risa no es, como pudiera parecer, la delectación ante la desgracia ajena. Posiblemente, lo que nos hace reir a los españoles y mejicanos es que el desenlace del chiste nos presenta vívidamente y sin escapatoria lo irremediable del destino humano.
En un discurso el humor negro español oí una vez al conferenciante contar un chiste que podramos considerar ilustrativo de todas estas teorías. Durante la Guerra Incivil Española un madrugada de invierno unas tropas llavaban a un pobre hombre con las manos atadas a la espalda para darle 'un paseo' hasta las tapias del cementerio. No recuerdo si la tropa era de milicianos republicanos o de falangistas, pero lo que cuenta es que van a fusilarle en el paraje más alejado del pueblo, pues el cementerio se encuentra en el quinto pino. Marchan en silencio por los rastrojos solitarios llenos de escarcha, pero de pronto el reo de muerte se lamenta: "¡Qué frío hace!". Y contesta uno de sus acompañantes: "Pues no sé por qué te quejas. ¡Peor los tenemos nosotros, que tenemos que volver...!"
Saludos
FRAY GERUNDIO DE CAMPAZAS
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Hector F. Garcia:
Pudiéramos decir que los días uno y dos de noviembre en México (días de los muertos) son celebrados por una gran parte de la población como si fuera una fiesta. Todos los celebrantes se regalan entre sí calaveras de azúcar, cerámica y madera. Los cementerios de los humildes se llenan de una inmensa variedad de platillos autóctonos y de un pan especial para esas fechas. El día primero está dedicado a los niños difuntos. El día dos a los adultos. Cuando viví en Puebla me hice amigo de unos hombres principales de Temascal y San José Canoa.

Ellos nunca trabajaban los días de muertos; como en los tiempos precolombinos todo el pueblo les rendía tributo llevando a sus casas todo el pan sobrante que se había puesto sobre las tumbas de sus difuntos. Uno de ellos apellidado Temoltzin me invitó a visitarle un día tres de noviembre con el objeto de obsequiarme algo de pan. Mi familia y yo llegamos al pueblito de calles angostas pavimentadas con piedras milenarias que tal vez habían pertenecido a los muros destruidos de algún palacio azteca.

El señor Temoltzin me invitó unos pulques curados de tuna y luego colocó dos cajas de pan de muerto en la cajuela de mi automóvil Studebaker. El pan había salido de un cuarto de la casa usado temporalmente como almacén para los tributos, algo así como nueve metros cúbicos de pan empacado en cajas de cartón de diferentes medidas.
El día dos de noviembre en casi toda la prensa nacional aparecen versos llamados calaveras dedicados a la clases públicas del país, desde los humildes regidores hasta el presidente de la republica. Estas calaveras conforme pasa el tiempo se atreven mas a señalar las fallas del gobierno, son la oportunidad que tiene el pueblo de desahogar sus resentimientos, se vislumbra que las del año 2004 serán terriblemente agresivas. Nunca antes en México ha habido tanta libertad de expresión. Otro ingrediente de esta temporada de muertos es la presentación del Tenorio en teatros y programas de televisión a nivel nacional.
Del otro lado del mar
llegó aquí el doctor Mantecas
le gustaba el calamar
y bailar con las muñecas
Por las tierras del visón
cabalgó en su mula charra
Tomaba tequila y ron
y tocaba la guitarra
En su cajita de pino
hoy yace aquí con su bata
con un botellón de vino
y estiraditas sus patas
Adiós Montana querida
ya se fue el doctor Gurriato
extrañara sus guaridas,
a su perrito y su gato
Vuela vuela palomita
y no me hagas desacato
estas son las calaveras
del doctorcito Gurriato
Un saludo
EL CONDE DE TETACOMBIATE Y GUICHORI
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Lady Bego:
"Gurriato" (Email Removed) wrote in
[nq:1]Namber six: Siempre se encarece la asistencia al sepelio y las misas que se celebran por el eterno descanso del difunto.[/nq]
Aquí en USA los familiares, amigos y compañeros de trabajo hasta piden dinero para enterrar decentemente al muerto. ¿Es costumbre en España? ¿Todavía se hace el convite? ¿Y se cuentan chistes verdes con el muerto de corpore insepulto? :-?

@} >
Lady Bego
< {@
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Lady Bego:
"Hector F. Garcia" (Email Removed) wrote in
[nq:1]Vuela vuela palomita y no me hagas desacato estas son las calaveras del doctorcito Gurriato[/nq]
Jota:
Que de qué enfermedad moría...
Le pregunté a mi baturro
que de qué enfermedad moría.
Y el baturro me contestaba:
mal de amores que tenía.
Jota:
Y un beso me tiés que dar
a la hora de mi muerte...
Y un beso me tiés que dar.
Pero dámelo en la boca
para yo resucitar...
Para yo resucitar
a la hora de mi muerte.

@} >
Lady Bego
< {@
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Gurriato:
[nq:2]Vuela vuela palomita y no me hagas desacato estas son las calaveras del doctorcito Gurriato[/nq]
[nq:1]Jota: Que de qué enfermedad moría... Le pregunté a mi baturro que de qué enfermedad moría. Y el baturro me ... tiés que dar. Pero dámelo en la boca para yo resucitar... Para yo resucitar a la hora de mi muerte.[/nq]
A mí, pa resucitam·me bien resucitao, me tiés que da'l beso en otro lao.

EL COJO MANTECAS
Dicen que la pena mata
y yo contesto que no,
que si la pena matara
ya me hubiera muerto yo.
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Hektor:
"Hector F. Garcia" (Email Removed) ha scritto nel messaggio
[nq:1]Tu descripción de las esquelas me recordó mi niñez en Guadalajara México.[/nq]
Y en Argentina, según Julio Cortázar:
Conducta en los veloriosNo vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese dialogo con la sombra.

Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio este a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia esta en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros.

Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos.

Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis.

Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados.

Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes.

Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas).

En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente.

Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de agotamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar.

Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el ultimo adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas.

Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse.

En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco.

Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar.

Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas.

Por lo regular no nos molestamos en acompanar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.
Julio Cortázar.
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Gurriato:
[nq:2]Tu descripción de las esquelas me recordó mi niñez en GuadalajaraMéxico.[/nq]
[nq:1]Y en Argentina, según Julio Cortázar: Conducta en los velorios No vamos por el anís, ni porque hay que ir.[/nq]
Ya puestos a seguir con el humor negro quiero contar una anécdota sobre las compañías de pompas fúnebres de la Celtiberia profunda. Antes de seguir quiero curarme en salud y aclarar que no tengo nada en contra de los empleados de las compañías funerarias, a los que considero unos trabajadores ejemplares. Lo dico porque hace años durante una temporada firmé mis mensajes como EMILIO EL MORO (LA SOLEDAD, POMPAS FUNEBRES) hasta que un contertulio me mandó un mensaje airado protestando por el supuesto cachondeo a esa honrada profesión.
En fin, ahí va la triste historia de un entierro publicitario, que me contó un primo mio que vive en Almería. Las compañisas de pompas fúnebres se ven obligadas, igual que las demás empresas de servicios, a realizar campañas publicitarias. Este primo mio vio hace unos avos en un pueblo de la provincia de Almería lo que podría denominarse "un entierro de promoción". Era un entierro realmente lujoso, con ataud de madera trabajada, furgón estílo salomónico, zacatecas vestidos de gala, profusión de flores y gorigori de ceremonial. El entierro avanzaba a paso lento por la calle mayor del pueblo, con el cura cantando el dies irae con voz aguardentosa. Todo el mundo se ponía en pie en las terrazas de los cafés y se quitaba el sombrero o la boina.
Según mi primo pudo averiguar, el difunto era un gitano sin medios económicos, podríamos decir que no tenía ni donde caerse muerto, y que había sido 'invitado' por la compañía en su esfuerzo promocional.

Detrás del duelo iba un hombre bocadillo entre dos pancartas en las que podía leerse en grandes caracteres: ASI ENTIERRA...(y aquí aparecía el nombre de la funeraria)
Me contó mi primo que la viuda repetía entre sollozos: "Ay, Manolillo, ¡si pudieras verte!"
EL COJO MANTECAS
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